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Mostrando entradas de febrero, 2014

Deseos de cosas imposibles.

Del auto-engaño al engaño colectivo.

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Todo nuestro sistema de creencias se organiza durante nuestra infancia, basado en las palabras nombradas por las personas más influyentes afectivamente. La mayoría de las veces esa persona ha sido nuestra mamá. Lógicamente todo eso que mamá nombró, estuvo teñido por el punto de vista desde el cual ella observaba y comprendía la vida. Luego crecemos… pero las interpretaciones, los recuerdos y las opiniones que emitimos, suelen seguir la línea establecida desde tiempos remotos. Podemos decir que casi todos los individuos crecemos usando una “lente prestada”. ¿Cómo sería una lente propia? Para que se haya organizado, deberíamos haber contado con adultos conscientes y dispuestos a observarnos y a preguntarnos a cada instante, acompañándonos en el despliegue de nuestros procesos afectivos íntimos.
La cuestión es que el auto engaño es muy habitual. Simplemente hemos crecido creyendo que somos “eso” que mamá ha nombrado: El más bueno, el más valiente, el más maduro, el más tonto o el más mole…

Consagra tu vida a un fin sublime.

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(Judith Braun, artista que pinta con los dedos)
Es muy importante que sepas con qué fin trabajas y para quién, pues según sea el caso, tu energía tomará tal o cual dirección. Si consagras tu vida a un fin sublime se enriquecerá, aumentará en fuerza y en intensidad. Es exactamente como si hicieras fructificar un capital. Colocas este capital en un banco celestial, y entonces en lugar de malgastarse, despilfarrarse, aumenta y te enriquecerás. y como seràs más ricos, tendrás la posibilidad de instruirte y de trabajar mejor. El que se entrega a los placeres, a las emociones, a las pasiones, dilapida su capital, su vida, porque todo lo que obtiene así debe pagarlo, y acaba pagándolo con su vida. Mientras que colocando tu capital en un banco de los de arriba, trabajaras más, te fortalecerás más porque continuamente nuevos elementos más puros, más luminosos, se van introduciendo en ti, reemplazando a los que has dejado ir.
Omraam M. Aivanhov.